A unos cinco metros de donde me encontraba, se encontraba, volando, el animal más extraño que había visto y que veré en mi vida. Era algo como una pantera negra, pero con grandes alas. Un chico, con ropas indígenas o algo así estaba sentado en su lomo, disfrutando del viento. En ese momento, los pelos se me estaban congelando, los ojos me lloraban por el viento y las lágrimas ya eran bloques de hielo.
De repente, dejé de volar. Ya casi no podía moverme. Empezé a caer, cada vez más rápido. Me esforzaba todo lo posible por volar de nuevo y por moverme, pero en vano. Entonces, algo me agarró en la caída. El extraño animal había agarrado con su boca la capucha de mi buzo. Me había salvado la vida.
Ya estaba anocheciendo en París, y yo temblaba como loco.