Llegamos a Bariloche, la que a mí me parecía una gran ciudad. Tenía enormes edificios y el llamado Tren de la Alegría, que en realidad era más triste que zapatillas sin cordones.
Mi reina me contó sobre su vida, una vida triste. Su familia la odiaba por haber salido con un chabón que resultó estafandolos a todos. Su trabajo era muy aburrido y monótono. Dijo que por eso había huido conmigo, porque quería olvidar toda esa vida. Dijo todo esto muy abrumadoramente, por lo que la abrazé muy fuertemente aprovechando la ocación.
Llegamos a su departamento, era, que sé yo, lindo en cierto modo. Me mostró lo que tenía... Era fantástico, tenía un devedé, para ver películas; y una wafflera, que hacía waffles sin tener que trabajar horas y horas. Y además tenía una vista fantástica hacia todos lados, veía el lago Nahuel Huapi, y los cerros Leones, Villegas, Otto, Tronador, Catedral, López, Ventana, Carbón y hasta el Lanín.
Me mostró luego su sillón mágico, ¡Hacía masajes!, además tenía un botón que levantaba y bajaba tus pies. ¡Era muy divertido! Subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba. Ella me miraba con una cara
Después hicimos una visita a su habitación, la verdad que tenía una cama muy amortiguante, ahí si que llegué a la luna. Ella se quedó dormida, pero yo tenía que seguir investigando todos esos adelantos.
Encontré en el baño una extraña bañadera, era más grande que lo normas y tiraba la agua por los costados. Decidí que era hora de bañarme. Me desvestí de nuevo y me dispuse a probar ese aparato. Me metí en la agua y sentí como esos chorritos me chocaban, era como si algo se desprendiera de mí, entonces apareció frente a mí otro sujeto... ¡¡Que era igual que yo!!